CARLOTA CHIARRONI

Paquito, el bebé milagro que nació con 23 semanas

A Paquito no le esperaban tan pronto. Consuelo, su madre, marcó en el calendario el 23 de julio de 2015 como día D, pero el pequeño dejó claro en marzo que lo suyo eran las prisas. Una hemorragia inesperada en la semana 21 de embarazo lo precipitó todo. “Los médicos me dijeron que tenía que aguantar hasta la 24, que es cuando existe un porcentaje de esperanza de vida mayor”, cuenta Consuelo.

Con las piernas en alto estuvo dos semanas para retrasar al máximo un parto que solo complicaría la vida del niño. Dentro de ella el riesgo bajaba; fuera, empezaba la supervivencia. Pero la inquietud de Paquito por conocer mundo le llevó a nacer cuatro meses antes de la fecha prevista. Era la semana 23 y no llegaba a los 1000 gramos, lo que le convertía en uno de los 29.000 bebés prematuros que nacen en España al año (como los mellizos de Pablo Iglesias e Irene Montero) y uno de los 4.000 prematuros extremos (por debajo de las 26 semanas).

“La zona gris para nosotros es entre la semana 23 y 24, cuya esperanza de vida se sitúa alrededor del 50%“, sostiene la doctora Pilar Sáenz, del Hospital valenciano La Fe. “A partir de la 24 la supervivencia es mayor y aunque los padres no quieran, si el bebé nace vigoroso estamos éticamente obligados a intentar salvarlo”.

Para la doctora Elena Maderuelo, del Hospital madrileño Gregorio Marañón y una de las encargadas del caso de Paquito en 2015, los “más inmaduros” tienen “una tasa de mortalidad mayor o problemas a largo plazo” puesto que “no tienen la capacidad suficiente para un funcionamiento adecuado de sus órganos”, asegura. “Es difícil determinar cuándo termina el “periodo crítico”, pero en general, las madres en situación de riesgo de parto prematuro pueden estar más tranquilas desde la 28 semana.

Consuelo no había oído hablar de estos pequeños en su vida, por eso el momento del parto fue un “choque tan duro” para ella. “Cuando bajaba al paritorio iba mentalizada de que todo se acababa. Me dieron un minuto y me dejaron sola para que llorara”, recuerda de un parto que afrontó sin ilusión. Cuando dio a luz, el niño “tenía el tamaño de una latita de Coca-Cola, de un teléfono móvil”. Ella no se quería “hacer ilusiones”.

“El primer mes te despides todos los días”

Lo mismo le pasó a Laura, de 27 años, cuando el corazón de su pequeño Izan empezó a debilitarse, lo que obligó a los médicos a practicarle una cesárea en la semana 25. “Cuando te quedas embarazada no piensas que estos bebés tengan viabilidad. Vas a dar a luz y piensas que no vas a tener hijo”, comenta desde el Hospital La Fe, donde “vive” desde hace tres meses y medio. “El primer mes te despides todos los días porque no sabes qué puede pasar”.

De esa incertidumbre también habla Consuelo. Y es que con el nacimiento de Paquito llegó la inquietud que comparten todos los padres que lo son antes de tiempo. En estos casos, cada día se convierte en una lucha interminable y en un vaivén de emociones. Nada tiene que ver a lo que imaginaron. “Son todo preocupaciones, te lo quieres llevar a casa, pero el niño no es capaz de respirar por sí mismo y tiene que estar en la UCI”.

Los pulmones, el último órgano en formarse, es el principal problema de los bebés prematuros, pero a ese hay que sumar otros, como los neurológicos o su vulnerabilidad a las infecciones. “Tampoco pueden asumir una función nutritiva completa y a nivel neurológico presentan un mayor riesgo de sangrado”, comenta Maderuelo.

El “milagroso” método canguro

Para paliar todos estos problemas existe un tratamiento que va en paralelo a la incubadora y los cuidados médicos. Se trata del método canguro, que consiste en colocar al pequeño en el pecho desnudo de los progenitores durante horas. Los doctores hablan de beneficios científicamente probados. “Forma parte de la rutina diaria de estos bebés y sus familias porque mejora su neurodesarrollo”, detalla la neonatóloga. “Disminuye su ansiedad ante una vivencia dura, larga y llena de incertidumbres“. La madre de Paquito lo corrobora y además habla de “milagro”. “Desde que nació solo le había tocado por las manitas. Pero cuando se puso muy malito me dijeron que tenía que hacer el método canguro. Empezó a respirar como debía hacerlo. Desde entonces lo hacíamos todos los días”.

De aquella experiencia, por la que Consuelo vivió seis meses en el hospital, han pasado ya tres años. Pese a que la tasa de supervivencia en prematuros extremos es baja, Paquito salió adelante y plantó cara a esas 23 semanas de gestación. Su crecimiento, sin embargo, no es como el del resto. Tiene un retraso en su desarrollo psicomotor, por el que necesita rehabilitación. De hecho, a su edad, no ha empezado el cole. “Hace una vida normal, pero va por detrás que los otros niños”.

“Algunos pueden tener secuelas auditivas, visuales o, en los casos más graves, lesiones cerebrales”, añade la doctora Sáenz. Cada caso, no obstante, es un mundo, como el de Paquito, que ahora afronta con ilusión su primer día de “guarde”, tres años después de aquella batalla que le tocó librar al nacer.