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  • El 60% de los tumores se diagnostican a partir de los 65 años, lo que exige una estrecha colaboración entre oncólogos y geriatras.

Ancianos

El cáncer es una de las enfermedades no transmisibles más frecuentes y la segunda causa de muerte en España y el mundo, solo superada por las dolencias cardiovasculares. En nuestro país se diagnosticaron casi 230.000 nuevos casos en 2017, y se estima que en 2035 serán unos 315.000, según datos de la Organización Mundial de la Salud y de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM).

Si entramos en el detalle de estas cifras, resulta que más del 60% de los casos se diagnostica en mayores de 65 años. En los hombres, que tienen tasas oncológicas superiores, entre esa edad y los 69 años el riesgo de padecerlo sube al 20%; se acerca al 30% entre los 70 y 74, y a partir de ahí se dispara por encima del 35%. En las mujeres, el riesgo también sube al 12 %, 15% y 20%, respectivamente.

Estos datos confirman algo que la ciencia médica conoce hace tiempo: que la edad es el principal factor de riesgo para desarrollar un tumor. Una realidad que queda oculta tras el lógico empeño de las autoridades sanitarias en poner el acento en las causas evitables como el tabaquismo o el alcohol.

“Aunque un cáncer es un cáncer a cualquier edad, su abordaje en los adultos mayores exige una visión especializada y multidisciplinar porque es frecuente que estas personas sufran otras enfermedades que pueden condicionar la evolución del tumor, las decisiones terapéuticas y la eficacia del tratamiento”, advierte el Dr. Javier Martínez Peromingo, geriatra del Hospital Universitario Rey Juan Carlos de Móstoles (Madrid).

A diferencia de los pacientes oncológicos más jóvenes, la diabetes, problemas cardiovasculares, enfermedades respiratorias, demencias o menor autonomía motriz son habituales, “y estos cuadros clínicos deben ser tomados en consideración de forma conjunta entre los oncólogos y los geriatras, porque cada especialidad aporta sus conocimientos y experiencia para dar con las mejores estrategias”, añade el doctor Martínez Peromingo.

Esa colaboración entre especialistas, según este experto, “es fundamental e imprescindible, porque mientras los primeros valoran variables como la biología y estadio tumoral o el desarrollo de planes terapéuticos específicos por tipo de neoplasia, nuestra aportación como geriatras es valorar la edad fisiológica, el estado funcional e independencia de los pacientes de edad avanzada “.

Pero no solo se trata de cuestiones estrictamente médicas, sino que la geriatría también puede aportar una visión psicosocial del adulto mayor con cáncer. Especialmente a edades muy avanzadas -explica-, el proceso de toma de decisiones personales sobre tratamientos puede estar muy condicionado por la disminución de facultades metales de los pacientes o por la opinión de los familiares, que no siempre son coincidentes”.

“Desde nuestra experiencia y conocimientos podemos ayudar a canalizar esa parte importante del proceso médico, respetando la autonomía del adulto mayor y colaborando en el entendimiento con su entorno”, subraya el doctor Martínez Peromingo.

En este terreno existe una gran laguna en los hospitales españoles. Según una encuesta del Grupo de Trabajo de Oncogeriatría de la SEOM, sólo el 14% de los centros tiene algún facultativo responsable de esta subespecialidad, y en el 88% no existe ninguna guía asistencial o protocolo específico para el paciente anciano con cáncer. Una carencia que apenas el 23% de los hospitales resuelve “haciendo algo entre todos” los especialistas implicados.